2017. En velero por el Dodecaneso

Junio de 2017: Cinco años después del viaje que me llevó de Valencia al Dodecaseso, en un velero durante 31 días, voy a volver a cruzar el Dodecaneso en otro velero desde Kos a Samos. Os voy a dejar algunas impresiones y poemas para compartir el viaje con vosotros.


6 de junio: Ayer conseguimos llegar a Kos con todo el equipaje, a pesar del poco tiempo de transbordo en Atenas . El Zéfiro y la hospitalidad de Peppe y Tiziana nos esperaban. Embarcamos el equipaje y luego salimos a dar una vuelta por la turística capital de Kos donde cenamos muy bien en una taberna turco - griega.



Por la mañana zarpamos hacia Pserimos, primer baño en aguas griegas en una cala desierta con tamarisco incluido. Eolo nos regala un ligero viento de través hasta el sur de Kalimnos desde donde remontamos a motor hasta Telendos, una pequeña isla, con tres tabernas y unas cuantas más playas, en la que viven unas decenas de personas. Unos cientos de metros, y mucha más tranquilidad,la separan de su isla madre Kalimnos.


Vuelve el azul
salpicados de islas,
es el Egeo.
Eolo rige
el rumbo de la nave
creando viento.
Los navegantes
estamos a sus órdenes,
obedecemos.


El sur de Psérimos


7 de junio: Zarpamos hacia el norte bordeando Kalimnos. Luego cruzamos el estrecho canal, seguimos por la costa de Leros y divisamos la bahía de Lakí (el puerto natural mayor del Mediterráneo después de Malta y Mahón), costas conocidas de otros viajes pero que siempre descubren algo nuevo o el placer de repetir lo ya vivido.


Una barca de pesca en Telendos

En el norte de Leros cuatro delfines vienen a saludarnos poco antes de fondear para bañarnos en Arkanguelos, una pequeña isla deshabitada que no conocía porque hay tantas en estos mares que conocerlas todas "no será por islas, será por años". 

Velas al viento
delfines por la proa
hacia otra isla

Unos delfines entre Leros y Arkángelos

Luego continuamos navegando de ceñida hasta Skala, el puerto de Patmos. El monasterio y la antigua Jora nos esperan y recuerdo mi última visita también por mar hace 5 años.
  

8 de junio: Por la mañana visitamos el monasterio de San Juan Evangelista en la cumbre de la colina y rodeado por la Jora de Patmos (el antiguo pueblo de blancas e intrincadas calles). Es una delicia dejarse perder por esos rincones en donde siempre descubres capillas y antiguas casas, recuerdo de otra época en que este pueblo, amparado por el monasterio, fue el más próspero de la zona.


Jora de Patmos,
laberinto de calles
sin Minotauro. 


Por la tarde dejamos el puerto para ir a fondear a Geranú, una solitaria cala del norte de Patmos donde nos bañamos, cenamos y dormimos. La luna y todo el mar para nosotros.






9 de junio: Tras del desayuno y el baño matinal (con sólo otro barco fondeado). Tomamos rumbo a Maratzos, la pequeña isla en la que sólo hay tres tabernas y unas pocas domatias (habitaciones de alquiler). La isla queda desierta fuera de la temporada turística y ahora casi lo está, sólo fondean otros tres barcos y las domatias están vacías.



La playa y el embarcadero de Maratzos
Después de bañarnos, disfrutar del lugar y tomarnos una Joriatikí (ensalada griega) y un Katziki (cabra guisada con patatas), como únicos clientes de la taberna, volvemos a levantar anclas hacia la próxima Arkí. Dos millas de navegación hacia el seguro puerto natural que los romanos llamaron Augusto.

Otra vez en puerto Augusto.
Muelle para siete barcos,
tres tabernas en la plaza,
un súper que está cerrado
porque aún estamos en junio
y escasean los parroquianos.
Arquí sigue siendo Arquí,
poco cambio en once años.


El puerto de Arquí
Arkí sigue siendo Arkí, menos de medio centenar de habitantes, su puerto, sus tabernas junto al mar, las aguas de Tiganikia y una paz que ni se compra ni se vende, hay que vivirla.



10 de junio: Zarpamos del puerto de Arkí y tras un baño en las maravillosas aguas de Tiganakia, donde el mar se convierte en una piscina verde azulada, ponemos rumbo a Lipsi. 


Tiganikia, una piscina verde azulada de mar
Al pasar frente al "monodendro" (único árbol), un solitario árbol que resiste en una pequeña península rocosa junto al mar, recuerdo el poema que le dediqué en mi primer viaje a la isla hace ya once años.


Un árbol solitario
denomina a esta playa, Monodendro ,
plantado en la península rocosa
que se adentra en el mar. 
Enfrente la isla mínima Aspronissi, 
alrededor el horizonte azul 
y de seguir buscando
encontraría a Odiseo que ha vuelto con Calipso. 

He plantado sombrilla sobre el agua 
—apoyada en las rocas— 
y os estoy escribiendo con los pies en remojo 
y el murmullo del mar por compañía. 
Hoy no sopla el Meltemi, hoy descansa, 
anoche fue de fiesta, se cantó, se bailó, 
y se bebió ese vino del que presume Lipsi, 
por eso el viento debe estar durmiendo. 

Mejor, así la mar es un espejo 
de todos los azules infinitos 
que nunca dejaría de glosar; 
pero hoy prefiero concentrarme 
en la visión del árbol solitario 
que da nombre a esta playa, 
impertérrito árbol que resiste 
la furia del Meltemi, los calores 
y la ausencia de lluvia del verano.


Dice la leyenda (supongo que para atraer turistas) que el secuestro gozoso de Ulises por la ninfa Calipso ocurrió en Lipsi. El "meltemi" es el fuerte viento del norte que suele soplar en verano en estas islas. Esta zona fue italiana durante el periodo entre las guerras mundiales y el Papa oficiaba con vino de Lipsí regalado por Musolini.



El monodendro en la costa este de Lipsi

Acabamos la singladura con un baño y comida en Kulura, una cala solitaria del sur de Lipsi, luego enfocamos rumbo al cercano puerto de la isla.


Kulura, un fondeo para nosotros solos


11 de junio: Lipsi sigue conservando su encanto y buen pescado como el que cenamos anoche. Una pequeña jora, un buen puerto, y todo aquello que nuestro pueblos costeros perdieron hace años.


La jora de Lipsi y su puerto bahía

Por la mañana, decidimos regresar a Maratzos para dormir en su bahía. Nos dejó tan buen sabor de boca que queremos repetir isla. Volvemos a fondear y nuestro capitán borda la maniobra haciéndolo en un muerto a vela sin poner en marcha el motor. Luego baño y a degustar el sabroso "katsiki".

Por la tarde recorremos a pequeña isla a pié y visitamos el pequeño pueblo abandonado, donde llegaron a vivir 60 personas, y su capilla. Supone un gran contraste ver lo humildes que eran aquellas casas, y lo poco que queda ahora de ellas, con lo limpia y cuidada capilla y sus velas encendidas. Subimos a la cima de la colina con la única compañía de las cabras, que creo que ya nos temen por nuestra afición al "katsiki". Por la noche dormimos plácidamente en esa balsa de mar y nos despierta una maravillosa salida del sol.

Salida del sol en Maratzos


Surge la luna roja tras el perfil de Lipsi

para escalar el cielo en el que reina Júpiter,

y Escorpio los contempla al sur del horizonte.

Va rotando el Zodíaco 

hasta que Helios retorna y apaga las estrellas. 

Una noche en Maratzos.


12 de junio: Zarpamos de Maratzos rumbo a Agazonisi, otra pequeña isla con dos pueblos en lo alto, "micro" y "megalo joríó" (pueblo pequeño y pueblo grande). Todo sea por la comparación, porque entre los dos no llegan al centenar de vecinos. Junto al mar unas cuantas tabernas, domatias, y un pequeño muelle. Otro ejemplo que sigue conservando el encanto que perdieron nuestros pueblos costeros.


Agazonisi
una bahía puerto
y dos poblados.
En la montaña
el micro y el megalo,
tanto monta...
En la bahía
unas pocas tabernas
junto al mar.


El puerto de Agazonisi

13 de junio: Pasamos la mañana en una solitaria cala del sur de Agatonisi y después de comer tomamos rumbo de Pitagorio, puerto del sur de Samos que será nuestro destino final.

El viento crece y nos permite navegar de bolina sin bordos. Al este la costa turca y al frente se va perfilando la costa de Samos.


Ceñir al viento
robándole su fuerza,
que el patrón doma.



A media tarde atracamos en la marina de Pitagorio y nos vamos a tomar unas cervezas y cenar al cercano pueblo. Un destino turístico sin demasiado interés después de lo que hemos recorridos estos días


14 de junio de 2017: Recogemos el equipaje y nos despedimos de Pepe y Tiziana, magníficos navegantes y personas, y de su velero Zéfiro. Luego hacemos una última comida griega en Pitagorio y tomamos el avión hacia Atenas, después nuestros rumbos divergen pero volverán a converger.


Todo el equipo cenando en Lipsi

Ha sido un viaje para recordar en que hemos podido disfrutar del mar, de playas y lugares fuera de toda ruta turística y de la buena compañía. Gracias Lluís, Josep y Miquel, dicen que de un viaje en velero se refuerzan o destruyen las amistades, la nuestra por descontado que se ha reforzado. Y gracias también a Pepe y Tiziana, por habernos guiados tan bien por los caminos de la mar.


Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

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