2018 y 2017: En velero por el Dodecaneso


En Junio de 2018 volvemos al Egeo para navegar por el sur del Dodecaneso en el Zéfiro: Rodas, Symi, Nísiros, Tilos, Alimiá, Jalki, Saría y Kárpazos. Pero eso son intenciones, ya que al final quien decide es el mar y los vientos.

Será mi quinto viaje en velero por las islas griegas, a las que he llegado otras muchas veces por avión o ferry. Aquí os recuerdo mi viaje en 2012 cuando llegué desde Valencia, tras un mes de travesía.


Como el año pasado os iré dejando algunas impresiones y algunos poemas que me sugieran las singladuras. 


(.../...) Al Este, los joyeles de islas plácidas
en creación, amor y vinos cálidos (.../...)

Enrique Badosa. Mapa de Grecia.
 (refiriéndose al Dodecaneso en su poema "Los límites de Grecia"



Junio de 2018: de Rodas a Kárpazos


3 de junio 2018: La primera singladura es en avión de Barcelona a Rodas, donde nos espera el Zéfiro. La Rodas amurallada es una ciudad turística, aunque si te alejas de las calles principales recupera su sabor medieval con rincones encantadores. Pero el viaje vedadero por mar comenzará mañana:


Izar las velas
y apagar el motor 
para que el viento 
pueda marcar el rumbo 
de nuestro viaje.


Amanecer en el Egeo


4 de junio 2018 (de Rodas a Symi): Zarpamos por la mañana con viento del norte y ciñiendo hasta Turquía en una zona de costa totalmente virgen. Luego otro bordo hasta Sesklia, una pequeña isla deshabitada en el sur de Symi, donde nos damos el primer baño y comemos.


Otra vez ese mar,
profundo azul Egeo
con islas a la vista.

Otra vez nuestras velas
acogen a los vientos
y bordan singladuras.

Otra vez navegamos
por el Dodecaneso.
Otra vez en mi Grecia.


Agios Georgios Dysalonas. Symi

A la caída de la tarde costeamos el este de la agreste Symi y nos bañamos en Aghios Giorgios Dysalonas, cala sólo accesible con barco y en donde se rodó "Los cañones de Navarone". Por fin, atracamos en Pedi, para visitar el encantador puerto de Gialos y la escalonada Jora que lo preside.


Gialos, el puerto de Symi


5 de junio (de Symi a Nisyros): Partimos de Symi haciendo bordos junto a las costas turcas. Cuando superamos el cabo de Knidos seguimos ciñendo bordos para alcanzar la isla volcánica de Nisyros. ¿Por qué sera que en el mar el viento siempre viene de proa?

Ceñir al viento
nunca ha de ser la guerra, 
sino el placer. 
Cuando navegues 
no te enfrentes al mar, 
pacta con él.


Después de visitar Mandraki, la capital, cenamos muy bien en la taberna μπαλκόνι (balcón) de Emporio, un pueblo en lo alto de la montaña que es un balcón a la caldera volcánica. 


Nissiros, y su capital Mandraki, Kos al fondo


6 de junio (de Nisyros a Tilos)Por la mañana singladura de tierra para recorrer en coche la isla. Primero Nikliá en el sur entre el mar y la caldera volcánica, un pequeño pueblo encantador. Luego el cráter y damos la vuelta a isla por una pista de tierra que pasa por el monasterio de Stravós (la Cruz), naturaleza en estado puro contemplando el Egeo. Esta isla es inusualmente verde a causa de un microclima que produce su base volcánica.


El monasterio de Stravós en Nisyros

Volcán de verde,
lo que antes era fuego
ahora es bosque

Por la tarde, después de un baño reparador, singladura hasta Tilos. Bajamos del barco en la playa de Levrá y completamos la excursión con unos kilómetros a pie por el "camino de los italianos" que nos lleva bordeando la bahía hasta Livadía.


El Zéfiro en la bahía de Livania en Tilos


7 de junio (de Tilos a Alimiá)

Por la mañana Tilos está envuelto en la niebla, algo muy extraño en el Egeo, hoy sumido en una calma chica. Nos bañamos en una cala y huimos del calor sofocante navegando hacia Alimiá, una isla deshabitada junto a Jalki. Por suerte se levanta algo de brisa y podemos continuar a vela.

El mar en calma
ni una brizna de viento 
en esta cala. 

Bordo de mar 
y tras pasar el cabo 
vuelve a soplar. 

Izando velas 
no hace falta el motor 
el barco vuela. 

Hoy vuela bajo 
apenas cuatro nudos 
en mar rizado. 

Mar, barco y brisa, 
música de sonidos, 
tarde divina.

Alimiá y su gran bahía

Fondeamos a resguardo del viento, que ha subido bastante, en una cala del este. Sólo otro barco nos acompaña hasta que salen todas las estrellas. 



8 de junio (de Alimiá a Jalki)

Rodeamos Alimiá hacia el oeste y fondeamos en la gran bahía en la que hubo instalaciones navales italianas. Hoy sólo son restos en esta magnífica ensenada  de aguas transparentes a las que nos tiene acostumbrado el Egeo.

Por la tarde atracamos en el pantalán de Halki (Jalki), donde las barcas parecen flotar sobre el aire más que sobre el agua.


El puerto de Jalki

Barcas que flotan sobre el agua
igual que si lo hicieran sobre el aire,
tal es la transparencia de ese mar.
Pueblo con simetrías en sus casas,
tejados en trapecio, semejanzas,
mosaico de guijarros en su iglesia.

Jalki recuerda a Symi, o al revés.

Halki (Jalki)

9 de junio (de Jalki a Saría)

Desde Jalki a Saría hay 27 millas, pero hay más: hay la diferencia entre lo habitado y lo que lo fue y ya no lo es. Saría es una isla de 20 km. cuadrados  en la que hace más de 50 años que no vive nadie, sólo el recuerdo.


Silencio azul,
sólo el rumor del viento 
y el son de olas.

Tranquilidad, 
desde Jalki a Saría 
un solo bordo. 

Isla olvidada 
donde no vive nadie, 
sólo el recuerdo. 

Atracamos por la tarde en la pequeña cala de Alimunda, tirando un cabo a las rocas por popa y el ancla por proa. Pasamos la noche aquí y el barco resiste bien los fuertes embates del Meltemi.

Alimunda en la isla de Saría


10 de junio (de Saría a Kárpazos)

Dejamos Alimunda a primera hora y fondeamos en Palatia, cala en que hubo una ciudad helénica que se dice envió un barco a la guerra de Troya. Subimos por la garganta hasta Argos, el antiguo pueblo que sólo se habita el día de la fiesta del santo Zacarías. Luego seguimos hasta su capilla que preside el acantilado con una de las mejores vistas de las islas griegas.


La cala de Palatia y el Zéfiro desde Aghios Zajarías

El santo Zacarías no tiene feligreses
tan sólo un día al año se celebra su santo
y vuelven descendientes de sus antiguos fieles.

Pero en la isla olvidada en que no hay habitantes
en santo Zacarías nunca se siente solo,
desde su acantilado tiene un mar a sus pies
que compite en azules con el azul del cielo
hasta que las estrellas iluminan su noche.

También tiene una luz que alumbra sobre aceite,
porque de tanto en tanto alguien limpia y provee 
la pequeña capilla que en honor a su nombre,
hace ya muchos años, se construyó en Saría.  


Después de la excursión continuamos navegando hacia el sur junto al acantilado hacia el deshabitado norte de Kárpazos, separado de Saría por un canal de unos 150 metros. Más acantilados y por fin divisamos la mancha blanca de Diafani, el único pueblo de la costa norte de Kárpazos y mi refugio preferido de Grecia.


Kárpazos y el estrecho, desde Saría

Mar calma al borde del acantilado,
las ráfagas que cruzan el estrecho,
el otro acantilado verde y pardo,
la escalera de piedra en el sendero,
el bosque, las capillas: es el rastro
que lleva a Diafani y al recuerdo.


Diafani, el puerto del norte de Kárpazos

11 de junio (en Diafani, Kárpazos)

Por la mañana visitamos Olymbos, pueblo que salió de un aislamiento secular no hace muchos años y que hoy se ha convertido en una atracción para los turistas del sur de la isla. 


Olymbos

Por la tarde caminamos por el bosque para bañarnos en Vanatia, la playa de las tres iglesias al norte de Diafani donde termina el impresionante sendero que une por el acantilado el estrecho de Saría y Diafani.


El monopati (sendero) sobre el acantilado hasta Vananda

Sendero agreste
sobre el acantilado
hasta Vanada.
Sendero suave
bajo el bosque de pinos
de Diafani.


El sendero entre Vananda y Diafani

Por la noche nos zampamos unas mágníficas Karabidas (Cigalas reales) en el "Delfini", el restaurante de Popi y Pavlos donde se come el mejor pescado de Diafani.

Una Karabida pescada por Pavlos

12 de junio (de Diafani a Amopí en Karpazos)

Por la mañana iniciamos la última singladura de este viaje, descendiendo por la costa de Kárpazos. A la vista las playas solitarias de Papá Minás, Opsi, Kantri, Forokli, Kapi, Nati, etc.; uno de los últimos entornos solitarios del Mediterráneo.

Costa salvaje
cuajada por diez playas
sin veraneantes.
Rastos de pinos
sobre azules traslúcidos
y tamariscos.
Costa perdida,
ojalá siga así
toda la vida.

Después tras pasar la bahía de Pigadia, la capital de Kárpazos, fondeamos en Amopí el lugar más resguardado del meltemi de la costa sur, un sitio turístico pero agradablemente conservado.


Amopí, en el sur de Kárpazos

Resort turístico
sin muros de cemento
lugar tranquilo


13 de junio (de Amopí al regreso)

El viaje ha tocado a su fin, cada uno prosigue por separado sus singladuras. Nos despedimos de Tiziana y Peppe nuestros guías y patrones que levantan ancla hacia Rodas. Nosotros aprovechamos para dar una vuelta en coche por el sur de la isla y bañarnos en Amopí, que a pesar de ser un lugar turístico, tiene poco cemento, playas de arena fina y aguas transparentes.

Otro viaje por el Dodecaneso en que hemos intentado mimetizarnos con el entorno navegando a vela, visitando islas y durmiendo en sus calas o pequeños puertos. Un viaje en que hemos disfrutado de los vientos, las aguas y esos lugares que aún conservan encantos perdidos en el resto del Mediterráneo. Un lujo en tiempos de prisas y aglomeraciones.

Cenando escorpina en la taberna María de Jalki.
Lluís, Tiziana, Peppe, Ricardo y Miquel.
Además, Lluís Ferrés con el que coincidimos en Jalki.  


No es malo estar de vuelta, la experiencia
es el fruto veraz de lo vivido
y queda la ilusión de un nuevo viaje
para ampliar islarios de pasiones.

Ricardo Fernández Esteban




Aquí tenéis el viaje, también a bordo del Zéfiro, que en junio de 2017 nos llevó por el norte del Dodecaneso, desde Kos a Samos. El viaje nos gustó tanto que como habéis visto hemos repetido al año siguiente.

Junio de 2017 de Kos a Samos


Junio de 2017: Cinco años después del viaje que me llevó de Valencia al Dodecaseso, en un velero, vuelvo a esas aguas para cruzar este archipiélago. Os dejaré algunas impresiones y poemas para compartir el viaje con vosotros.

Navegaremos desde Kos a Samos remontando el norte del Dodecaneso, una zona del Egeo griego cuajada de pequeñas islas que rompen con sus perfiles el horizonte azul que contemplas desde el barco. ¡Ojalá los vientos y los mares nos sean propicios!

El primer poema no es mío, es del libro Archipiélagos de Carlos Clementson.

Esta luz prodigiosa y este austero silencio…
Esta dura caricia del sol sobre las rocas,
y la espuma inocente, y el azul, sí, tan puro
como cuando las aguas no sabían aún su nombre




5 de junio: Hemos conseguido llegar a Kos desde Barcelona con nuestras bolsas, a pesar del poco tiempo de transbordo en Atenas. El Egeo, el Zefiro y la hospitalidad de Peppe y Tiziana nos esperaban. Embarcamos el equipaje y salimos a dar una vuelta por la turística capital de Kos, donde cenamos muy bien en una taberna turco - griega.


En la añoranza
se refugian los sueños
que nunca fueron.

En la esperanza
anidan ilusiones,
nuevos fervores.



6 de junio: Por la mañana, con el telón de fondo de la costa turca, zarpamos hacia Psérimos. Primer baño en aguas griegas en una cala desierta con tamarisco incluido. Eolo nos regala un ligero viento de través hasta el sur de Kalimnos desde donde remontamos por su costa oeste a motor hasta Telendos, una pequeña isla, con tres tabernas y unas cuantas más playas, en la que viven unas decenas de personas. Unos cientos de metros, y mucha más tranquilidad, la separan de su isla madre Kalimnos.


Vuelve el azul
salpicado de islas,
es el Egeo.
Eolo rige
el rumbo de la nave
creando viento.
Los navegantes
vamos a izar las velas
con nuestro anhelo.


Una cala en el sur de Psérimos
La mayor del Zéfiro, rumbo a Kalimnos

Telendos 


7 de junio: Zarpamos hacia el norte bordeando Kalimnos. Luego cruzamos el estrecho canal, seguimos por la costa de oeste de Leros y divisamos la bahía de Lakí, el puerto natural mayor del Mediterráneo después de Malta y Mahón. Costas conocidas de otros viajes pero que siempre descubren algo nuevo o el placer de repetir lo ya vivido.


Una barca de pesca en Telendos,
al fondo Kalimnos 

En el norte de Leros el viento cae y cuatro delfines vienen a saludarnos poco antes de fondear para bañarnos en Arjángelos, una pequeña isla deshabitada que no conocía porque hay tantas en estos mares que conocerlas todas "no será por islas, será por años". 

Velas sin viento,
delfines por la proa,
llanos de azul.


Unos delfines entre Leros y Arkángelos

Luego, vuelve a subir el viento y continuamos navegando de ceñida hasta Skala, el puerto de Patmos. El monasterio y la antigua Jora presiden la bahía y nos esperan. Recuerdo mis dos anteriores visitas a la isla, la última en una escala de mi viaje de hace cinco años en velero desde España.

Ya que cito a su Jora, indico que se denominan así (aunque lo veáis escrito como Chora o Hora) a las antiguas capitales de las islas, pueblos de blancas e intrincadas calles que suelen coronar una colina. Escribí este poema en mi primera visita a Patmos hace 10 años.



De entre todas las Joras que conozco
Patmos destaca por cuidada y señorial. 
Hay que son más agrestes como Sérifos, 
otras más pura Grecia como Síkinos, 
en Mýkonos encuentras marcha a tope, 
Folégandros desborda por su vida, 
Anafi es un balcón sobre el Egeo, 
la de Kiznos atrapa por tamaño, 
Lefkes siempre será mi consentida 
y mi Amorgós me roba el corazón. 
No me hagáis escoger, porque prefiero 
tener todas mis Joras disponibles. 


8 de junio: Por la mañana visitamos el monasterio de San Juan Evangelista en la cumbre de la colina y rodeado por la Jora. Es una delicia dejarse perder por esos rincones en donde siempre descubres capillas (creo que hay más de 30) y antiguas casas de mercaderes, recuerdo de otra época en que este pueblo al amparo del monasterio fue el más próspero de la zona.




Jora de Patmos,
laberinto de calles
sin Minotauro. 


Por la tarde dejamos el puerto para ir a fondear a Geranú, una solitaria cala del norte de Patmos donde nos bañamos, cenamos y dormimos. Parece mentira tanta paz a tan pocos kilómetros de Skala y la Jora con la luna y todo el mar para nosotros solos.


Geranú de noche

Geranú de día


9 de junio: Tras el desayuno y el baño matinal, tomamos rumbo a Maratzos, una pequeñísima isla en la que sólo hay tres tabernas y unas pocas domatias (habitaciones de alquiler). La isla queda desierta fuera de la temporada turística y ahora casi lo está, sólo fondean otros tres barcos y las domatias están vacías.



La playa y el embarcadero de Maratzos

Después de bañarnos, disfrutar del lugar y tomarnos una Joriatikí (ensalada griega) y un Katziki (cabra guisada con patatas), como únicos clientes de la taberna, volvemos a levantar anclas hacia la próxima isla, Arkí. Dos millas de navegación hacia el seguro puerto natural que los romanos llamaron Augusto.

Otra vez en puerto Augusto.
Muelle para siete barcos,
tres tabernas en la plaza,
y un súper que está cerrado
(en este inicio de junio
hay escasos parroquianos).
Arkí sigue siendo Arkí,
poco cambio en once años.


El puerto de Arkí

Arkí sigue siendo Arkí, menos de medio centenar de habitantes desperdigados en unas cuantas casas, su puerto, sus tabernas junto al mar, las aguas de Tiganikia y una paz que ni se compra ni se vende, hay que vivirla.


10 de junio: Zarpamos del puerto de Arkí y tras un baño en las maravillosas aguas de Tiganakia, donde el mar se convierte en una piscina verde azulada, ponemos rumbo a Lipsi


Tiganikia, una piscina verde azulada de mar

Al pasar frente al "monodendro" (único árbol), un solitario árbol que resiste en una pequeña península rocosa junto al mar, recuerdo el poema que le dediqué en mi primer viaje a la isla hace ya once años.


Un árbol solitario
le da nombre a esta playa, Monodendro ,
plantado en la península rocosa
que se adentra en el mar. 
Enfrente la isla mínima Aspronissi, 
alrededor el horizonte azul 
y de seguir buscando
encontraría a Odiseo que ha vuelto con Calipso. 

He plantado sombrilla sobre el agua 
—apoyada en las rocas— 
y os estoy escribiendo con los pies en remojo 
y el murmullo del mar por compañía. 
Hoy no sopla el Meltemi, hoy descansa, 
anoche fue de fiesta, se cantó, se bailó, 
y se bebió ese vino del que presume Lipsi, 
por eso el viento debe estar durmiendo.

Mejor, así la mar es un espejo
de todos los azules infinitos
que nunca dejaría de glosar;
pero hoy prefiero concentrarme
en la visión del árbol solitario
que da nombre a esta playa,
impertérrito árbol que resiste
la furia del Meltemi, los calores
y la ausencia de lluvia del verano.

Dice la leyenda que el secuestro gozoso de Ulises por la ninfa Calipso ocurrió en Lipsi. El "meltemi" es el fuerte viento del norte que suele soplar en verano en estas islas. Esta zona fue italiana durante el periodo entre las guerras mundiales y el Papa oficiaba con vino de Lipsí regalado por Musolini.


El monodendro en la costa este de Lipsi
Acabamos la singladura con un baño y comida en Kulura, una cala solitaria del sur de Lipsi, luego dirigimos el rumbo al cercano puerto de la isla.


Kulura, un fondeo para nosotros solos


11 de junio: Lipsi sigue conservando su encanto y buen pescado como el que cenamos anoche. Una pequeña jora, un buen puerto, y todo aquello que nuestro pueblos costeros tuvieron pero perdieron hace años.


La jora de Lipsi y su puerto bahía

Por la mañana, decidimos regresar a Maratzos para dormir en su bahía. Nos dejó tan buen sabor de boca que queremos repetir isla. Volvemos a fondear y nuestro capitán borda la maniobra haciéndolo en un muerto a vela sin poner en marcha el motor. Luego baño y a degustar el sabroso "katsiki".

Por la tarde recorremos la isla a pié y visitamos el pequeño pueblo abandonado, donde llegaron a vivir 60 personas, y su capilla. Es un gran contraste ver lo humildes que eran aquellas casas, y lo poco que queda ahora de ellas, con lo limpia y cuidada capilla y sus velas encendidas. Subimos a la cima de la colina con la única compañía de las cabras, que creo que ya nos temen por nuestra afición al "katsiki". Por la noche dormimos plácidamente en esa balsa de mar y nos despierta una maravillosa salida del sol.

Salida del sol en Maratzos

Surge la luna roja tras el perfil de Lipsi
para escalar el cielo en el que reina Júpiter,
y Escorpio los contempla al sur del horizonte.
Va girando el Zodiaco 
hasta que Helios retorna y apaga las estrellas. 
Una noche en Maratzos.



12 de junio: Zarpamos de Maratzos rumbo a Agazonisi, otra pequeña isla con dos pueblos en lo alto, "micró" y "megalo joríó" (pueblo pequeño y pueblo grande). Todo sea por la comparación, porque entre los dos no llegan al centenar de vecinos. Junto al mar, unas cuantas tabernas, domatias, y un pequeño muelle. Otro ejemplo que conserva el encanto que perdieron nuestros pueblos costeros.


Agazonisi
un puerto en la bahía
y dos poblados.
Isla minúscula
alejada del mundo
que aún no la tienta.

En la montaña
el micró y el megalo,
ni tanto monta...
ni monta tanto…
pequeños caseríos,
cisternas blancas.

La playa, el muelle
unas cuantas domatias,
y sus tabernas.
Ese es el puerto
donde quizás fondee
mi vida errante.

El puerto de Agazonisi


Por la tarde, recorro caminando los dos pueblos y la campiña isleña en una singladura de tierra con Peppe y Tiziana. Sorprende comprobar la cantidad de cisternas y sus pequeñas cuencas de recepción empedradas que hay en esta isla, todas ellas muy cuidadas y reflejo de lo importante que era, y es, el agua potable cuando hay tanta agua alrededor.


Una cisterna en Agazonisi


13 de junio: Pasamos la mañana en una solitaria cala del sur de Agatonisi y después de comer tomamos rumbo de Pitagorio, puerto del sur de Samos que será nuestro destino final. El viento crece y nos permite navegar de bolina sin bordos. Al este Turquía y al frente se va perfilando la costa de Samos.

Ceñir el viento
robándole su fuerza,
que el patrón doma.



A media tarde atracamos en la marina de Pitagorio y nos vamos a tomar unas cervezas y cenar al cercano pueblo, que es un destino turístico sin demasiado interés, sobre todo después de lo que hemos recorridos estos días.


14 de junio de 2017: Recogemos el equipaje y nos despedimos de Pepe y Tiziana, magníficos navegantes y personas, y de su velero Zéfiro. Luego hacemos una última comida griega en Pitagorio y tomamos el avión hacia Atenas, después nuestros rumbos divergen pero volverán a converger.



Todo el equipo cenando en Lipsi


Ha sido un viaje para recordar en que hemos podido disfrutar del mar, de playas y lugares fuera de toda ruta turística y de la buena compañía. Gracias Lluís, Josep y Miquel, dicen que de un viaje en velero se refuerzan o destruyen las amistades, la nuestra por descontado que se ha reforzado. Y gracias también a Pepe y Tiziana, por habernos guiados tan bien por los machadianos caminos de la mar.


Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

4 comentarios:

Unknown dijo...

Me ha gustado mucho la narración de esta aventura , todo un viaje por los sentidos...
Un abrazo

Jesus Pardo dijo...

Enhorabuena a toda la tripulación y en especial a Ricardo por su excelente organización.
Me quedo con todo ... : singladuras , visitas y almuerzos ...Y muy especialmente amaneceres y ocasos en la mar ....excepto el dormir a bordo . El bamboleo , por suave y armonioso que sea y que ignoro cuando velo, me incomoda el sueño en la inconsciencia.
Vivir , compartir, gin-toniquear y soñar a bordo ...pero yacer en catre firme no oscilante.
Ambición dificil , lo sé.
Felicidades también por este excelente resumen poético y fotográfico .

juan muñoz dijo...

Envidia, es la palabra.
Un viaje en velero como este es el sueño frustrado de mi vida llevo más de 30 cruceros pero no es lo mismo. Felicidades

JOSEP GONZALEZ dijo...

Como afortunado de haber podido compartir este maravillosa experiencia, el relato de la misma es magistral como se podía esperar de un maestro de la palabra y gran amigo.
Josep